Meteorólogo Formado Desde la Cuna
En Mendoza, cuando el viento bajaba seco desde la cordillera o las nubes dibujaban formas extrañas sobre el Aconcagua, había quienes no miraban el radar ni esperaban el parte oficial. Miraban hacia la galería de una casa modesta y preguntaban:
—¿Qué dice Don Bernardo?
Bernardo Razquín (1906–1988) fue meteorólogo, andinista y explorador. Autodidacta. Observador incansable. Con apenas algunos años de escuela primaria, desarrolló una capacidad extraordinaria para leer las señales de la naturaleza. Su fama fue tal que en la región cuyana se decía, medio en serio y medio en broma, que “el tiempo escuchaba a Don Bernardo”.
Durante décadas fue “la voz del tiempo” en LV10 Radio de Cuyo. Cada mañana, a las 6:30 en punto, ofrecía su pronóstico diario. No lo hacía frente a una pantalla ni rodeado de mapas satelitales. Lo hacía apoyado en una libreta, una brújula cuya aguja a veces “se torcía hacia la montaña”, un teodolito prestado, largavistas con vidrio ahumado y una memoria entrenada por miles de amaneceres.
Un método nacido de la observación
Razquín no dependía de tecnología avanzada. Su método era empírico, asociativo y profundamente sistemático. Miraba el cielo, sí, pero también la tierra.
Observaba el comportamiento de los animales: hormigas apresuradas que anunciaban lluvia; gallos cantando fuera de hora que, según enseñanzas heredadas de su madre, advertían movimientos sísmicos. “Ese tipo de estudio me lo enseñó ella”, solía decir cuando le cuestionaban su enfoque.
Estudiaba las nubes que se formaban como hongos sobre el Aconcagua —señal inequívoca, para él, de frentes fríos en descenso— y analizaba la sequedad del aire durante sus ascensiones andinas para anticipar sequías.
También miraba la Luna. Para Razquín, el cuarto menguante, el cuarto creciente y la Luna llena generaban tensiones telúricas particulares. En una entrevista registrada afirmó:
“Lo vimos. Lo advertí con solo mirar la Luna. Para mí es muy importante el cuarto menguante, el cuarto creciente y la Luna llena.”
Su sistema era holístico: combinaba fases lunares, desviaciones magnéticas, pequeños temblores previos y hasta aumentos en la temperatura del agua en ciertas zonas. Un entramado de señales que él aprendió a leer como si fueran capítulos de una misma historia.
Villa Atuel, 1929: La Predicción que Marcó una Leyenda
El 30 de mayo de 1929, un terremoto devastó el centro de Mendoza. El sismo de Villa Atuel, de magnitud aproximada 6.2, dejó numerosas víctimas y daños masivos. Según múltiples relatos históricos y anécdotas populares, días antes Razquín había advertido el evento tras observar la Luna nueva cercana al cuarto menguante.
Explicó luego que correlacionaba fenómenos celestes con tensiones terrestres. No hablaba de causalidades mecánicas en términos científicos modernos; hablaba de patrones.
Aquella predicción reforzó su reputación de observador excepcional. A partir de entonces, su figura comenzó a crecer en el imaginario cuyano.
Caucete, 1977: la Aguja que se Desviaba
Décadas más tarde, antes del terremoto de Caucete (San Juan, 25 de noviembre de 1977, magnitud 7.4, con alrededor de 65.000 damnificados), llamó a su sobrino Oscar Razquín:
“Vengo viendo que hay muchos temblores menores, que la temperatura del agua está subiendo en zonas de Lavalle y tengo una agujita que en vez de marcarme el Norte se me tuerce… Para mí que está por venir un remezón fuerte.”
El sismo ocurrió días después.
A lo largo de su vida también asoció el terremoto de Mendoza de 1861 —ocurrido en Luna llena y con cerca de 10.000 víctimas— con patrones lunares que consideraba críticos. Aunque era niño cuando ocurrió, solía citarlo como ejemplo en su sistema explicativo.
No existen registros verificables de predicciones posteriores a 1988 —año de su fallecimiento—, pero hasta entonces su figura ya se había instalado como referencia popular en materia climática y sísmica.
Heladas, Tormentas y Sequías: el Meteorólogo del Viñedo
Más allá de los terremotos, su precisión meteorológica fue legendaria.
Pronosticó heladas tardías devastadoras en viñedos mendocinos durante los años 60 y 70, basándose en formaciones nubosas andinas y comportamiento animal. Sus advertencias permitieron a productores proteger cultivos con días de antelación.
Anticipó tormentas intensas e inundaciones observando el movimiento acelerado de hormigas y cambios súbitos en la presión. Vaticinó sequías prolongadas durante ascensos a la cordillera, al detectar una atmósfera inusualmente seca y patrones lunares persistentes.
En una región donde el clima define economías enteras, su palabra tenía peso real.
Razquín no solo miraba el cielo desde el valle: lo estudiaba desde las alturas.
Fue andinista experimentado. Hizo cumbre en el Aconcagua en 1951 y 1955 como meteorólogo de expediciones. Ascendió el Mercedario, Tupungato, Plata y Vallecitos. Participó en misiones militares, deportivas, científicas y de rescate.
En la montaña afinó su lectura de las nubes lenticulares, esas formaciones en forma de hongo sobre el Aconcagua que para él eran anuncio inequívoco de cambios bruscos.
Pero su curiosidad no terminaba allí. Como arqueólogo aficionado halló araucarias fosilizadas en 1951, una olla araucana en Tupungato, el cráneo de Pablo Frenke y colaboró en el descenso de la momia inca del Cerro Toro en 1964.
Era un explorador en el sentido más amplio de la palabra.
Ciencia, Intuición y Memoria Cultural
El enfoque de Razquín no respondía al método científico formal. No trabajaba con instrumentación moderna ni publicaba en revistas académicas. Sin embargo, su práctica no era improvisación: era acumulación sistemática de experiencia.
En tiempos previos a la masificación satelital, su figura llenó un vacío regional. Fue inspiración cultural —incluso se menciona que su figura inspiró personajes ficticios como en la película Granizo— y se convirtió en una síntesis entre tradición oral y observación constante.
Hoy, la meteorología moderna se apoya en supercomputadoras y modelos globales. La sismología, en redes instrumentales de alta precisión. Pero la historia de Bernardo Razquín recuerda algo esencial: la ciencia también nace del asombro persistente y de la atención minuciosa al entorno.
En Mendoza todavía hay quienes, cuando el viento cambia o la Luna se recorta nítida sobre la cordillera, recuerdan su frase favorita:
“Hay que Ver las Señales.”
Bernardo fue un meteorólogo vocacional que supo aplicar una mirada asociativa siguiendo un empirismo emocional que mamó desde la cuna.