En el solsticio de invierno la Antártida juega fuerte con el clima sudamericano, pero el escenario del Ecuador no ahorra recursos para sostener el aumento de las temperaturas en un verano en el que “el Niño” llega para decir sus verdades.

La Antártida continental ocupa aproximadamente 14 millones de km². Esa cifra incluye el continente, sus islas y, según el criterio utilizado, las plataformas de hielo costeras; no incluye todo el hielo marino que se forma sobre el océano circundante.

En el invierno austral, aproximadamente entre junio y septiembre, el agua del océano que rodea la Antártida se congela y el hielo marino puede extenderse hasta unos 18–19 millones de km². Si se suman el continente y ese hielo flotante, la superficie cubierta por tierra e hielo puede alcanzar aproximadamente 32–33 millones de km².

Esos 18–19 millones de km² de invierno no son una ampliación del continente. Se trata principalmente de agua de mar congelada, que flota alrededor de la Antártida y se retira en verano. Por eso, cuando se dice que la Antártida “casi duplica su tamaño” en invierno, se está incluyendo el hielo marino estacional, no una modificación de la superficie terrestre del continente.

Un Niño que Corre al Tiempo

El Niño Es un fenómeno acoplado entre océano y atmósfera: suele comenzar con cambios en el Pacífico occidental y luego se propaga hacia el este mediante ondas oceánicas y desplazamientos de agua cálida.

Desde el sector occidental del Pacífico, próximo a Indonesia y Australia, hasta la costa occidental de América hay aproximadamente: 12.000 a 15.000 kilómetros, según el punto de partida y el punto de llegada que se tomen.

Una referencia habitual es el trayecto desde el Pacífico occidental hasta las costas de Ecuador o Perú.

Las ondas Kelvin ecuatoriales, que transmiten parte de la señal de calentamiento hacia el este, pueden cruzar el Pacífico en aproximadamente dos o tres meses, avanzando cerca de 200 kilómetros por día.

Pero eso no significa que El Niño completo se forme en ese tiempo. El calentamiento de la superficie, la reorganización de los vientos y la respuesta atmosférica suelen desarrollarse durante varios meses.

En términos generales, desde las primeras anomalías en el Pacífico occidental hasta que el fenómeno se manifiesta claramente frente a América pueden transcurrir aproximadamente tres a nueve meses, aunque cada episodio es distinto.

La señal rápida puede recorrer unos 13.000 kilómetros en alrededor de 2–3 meses, pero el fenómeno climático completo suele tardar varios meses en organizarse.

FRANCIA – imagen secuencial obtenida por el satélite Copernicus Sentinel-3 de los años 2024-2025-2026

Europa no Tiene Quien la Cuide

Europa atraviesa también una temporada crítica, con España, Francia y Grecia entre los países más golpeados, más de 250.000 hectáreas arrasadas en la Unión Europea y una sucesión de incendios simultáneos que tensiona los sistemas de emergencia, un alto estres hídrico junto a los pyrocumulonimbus detectados en Francia y España alcanzaron alturas del orden de 5 a 15 kilómetros,  estamos frente a una nube generada por un incendio cuya columna convectiva del fuego puede crecer como una tormenta propia, con capacidad de producir rayos, turbulencia y hasta generar nuevos focos lo que dibuja un escenario hemisférico de alta actividad ígnea.

El tiempo dirá.

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