Los Ríos Que Nos Habitan
En 1540, atravesar los 1.200 km que separaban a España de las Américas demandaba casi 70 días de navegación. A modo de referencia, Colón realizó cuatro viajes desde Europa a América en 1492, 1493, 1498 y 1502 recorriendo aproximadamente 9.600 km e insumiéndole aproximadamente 240 días.
A Don Francisco de Orellana recorrer los más de 7.000 km del Amazonas le llevó más de 230 días hasta divisar el mar, el 26 de agosto de 1542, mientras que al río le toma solo 45 días.
Con sólo 50 años entre la llegada de los españoles a América, Orellana y Colón no encontraron lo que fueron a buscar y murieron sin poder dimensionar el tamaño de la hazaña.
Don Francisco fue un culto explorador y conquistador español nacido en Trujillo, Cáceres, en 1511 y que 1541 a la edad de 30 años exploró junto a un grupo de hombres el recorrido de este río que lo llevó de nuevo hasta el Atlántico.
Su habilidad con los idiomas francés y latín le permitió rápidamente aprender varios de los idiomas indígenas y así llevar adelante complejas negociaciones con los habitantes que fue encontrando a su paso, y que muchas veces respondieron sus preguntas con lluvias de flechas y dardos envenenados con curare.
Cuando inició esta travesía, lo hizo sin saber ni imaginar donde nacía ese río.
Ese descubrimiento quedó detenido 455 años hasta que en 1996 el explorador y periodista Jacek Palkiewicz, miembro de la Royal Geographical Society de Londres, llegó a el nevado Chila, que forma parte del Arco volcánico del Perú.
Jacek Palkiewicz tampoco se la vio fácil y debió ascender 5.655 msnm para dar con el lugar de algo inimaginable aún para nuestras mentes.
Allí con sorpresa se encontró un pequeño manantial del que surgían, según sus dichos “cuatro gotas” que en arrolladora carrera se sumarían con otras para ser algo similar a las millones de galaxias que recién ahora estamos observando.
Mientras todos estos descubrimientos nos son revelados, las gotas siguen su carrera sin necesidad de contabilizar su paso por ningún puente. Simplemente brotan y viajan con prisa y sin pausa.
Desde ese pequeño manantial en la inmensidad de las montañas en el que el agua brota sin conocer destino, salía a la luz para iniciar el viaje que la transformaría en el río más grande y largo del mundo. Apacheta es el nombre de su nacimiento.
Este certificado de nacimiento no es un dato menor, sino que habla de la majestuosidad de la cordillera Andina, columna vertebral americana. Es allí donde florece esta extraordinaria red hídrica, compuesta por más de mil ríos que surca el continente y lo recorre sin necesidad de pasaportes ni aprobaciones aduaneras de Brasil, Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia y Venezuela, trasladando con majestuosa generosidad más de 160 millones de litros de agua por segundo en una cuenca que abarca 7.050.000 millones de kilómetros cuadrados*, una superficie más grande que los Estados Unidos.
En esta tierra de la América del Sur habita uno de los ecosistemas más grandes del planeta y es prácticamente deshabitado por el humano moderno, pero en él permanecen y a buen resguardo muchas tribus de las que poco sabemos. Lo mismo que Don Orellana, que de oídos supo de sociedades y urbanizaciones complejas que contaban con 40.000 a 100.000 habitantes y al igual que la floresta fueron talados por las diferentes corrientes civilizatorias que desde 1542 demandan la perpetua conquista.
Esas “cuatro gotas” que nacen en el nevado Chila viajan durante 45 días para llegar al final de su recorrido y fundirse con el Océano Atlántico, descargando entre un 15 a un 20% del agua dulce líquida del mundo.
Sin amedrentarse a tamaño encuentro, el río levanta una ola gigante llamada “La Pororoca” que se forma a partir de la potencia del torrente de agua dulce que choca con el agua salada del Atlántico. Allí se encuentran lo dulce con lo salado.
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