Detenernos en el solsticio
Solsticio significa literalmente “sol quieto” o “sol detenido”. La palabra solsticio viene del latín, formada por sol (“sol”) y el verbo sistere o stare (“detenerse, estar parado”). El nombre alude a que, alrededor de los solsticios, la posición aparente del Sol en el cielo cambia tan poco de un día a otro que parece “detenerse” en su avance hacia el norte o hacia el sur.
El disco solar
Este pie quedó impreso en Kenia, seguramente por algún antepasado nuestro que recorría la zona. Seguramente él ya se preguntaba por el misterio del día y la noche.
¿De dónde salía la luz y por qué a la noche todo se oscurecía?
Aunque nuestro pariente ya notaba que aleatoriamente la Luna aparecía y se desvanecía ante sus ojos, sin saber el motivo y menos aún imaginar la influencia que ella ostenta en todo el planeta, menos idea tenía del rol protagónico de nuestra estrella.
Tanto el Sol como la Luna tenían una forma distintiva a lo que había en el resto del medio ambiente que habitaban: eran círculos perfectos. Este dato no es menor, pues su impacto y el interés y curiosidad que despertaban entre nuestros antepasados tuvieron una aplicación que se extendió a toda la cultura planetaria.
Un poco de luz en el asunto
La vida siempre ha sido algo frágil de entender, más allá de los mecanismos con los que pretendemos sostenerla activa.
Si algo caracteriza a la humanidad es la curiosidad por tratar de entender cómo funcionan las cosas, su entorno, obtener resultados y mejoras. Esto nos sucede desde el primer momento que pusimos nuestros pies en la Tierra. De esa curiosidad nacen procesos de los que se obtienen resultados en mayores escalas y en menos tiempo.
Pero tiempo y clima son diferentes.
El tiempo habita en nuestros relojes y el clima en el medio ambiente.
En la observación del medio ambiente es donde los humanos iniciamos la tarea de decodificar el sistema que rige nuestra subsistencia: el Sol.
El término latino solstitium se consolida en el latín clásico, aproximadamente entre los siglos I a. C. y I d. C., cuando Roma adopta y adapta el conocimiento astronómico griego y babilónico, que —como se sabe— llega hasta el observatorio de Göbekli Tepe (10.000 a. C.), un antiguo edificio que se levanta en el punto más alto de una extensa cadena montañosa situada a unos 15 kilómetros al nordeste de la ciudad de Şanlıurfa, en el sudeste de Turquía, cerca de la frontera con Siria. Deja una evidencia a través de su compleja edificación de los miles de años que se necesitaron para poder construir ese observatorio astronómico.
Wurdi Youang es un Antiguo arreglo de piedras aborígenes en Victoria, Australia, que presenta un anillo en forma de huevo de piedras de basalto, posiblemente de hasta 20.000 años de antigüedad, utilizado para rastrear las posiciones del sol en los solsticios y equinoccios, lo que indica un profundo conocimiento astronómico y una cultura indígena potencialmente mucho más antigua de lo que se reconocía anteriormente, anterior a Stonehenge y revelando una gestión compleja de la tierra como la agricultura.
En ese contexto ya se describían con precisión los puntos extremos del recorrido aparente del Sol y su relación con el calendario agrícola y festivo.
En América tampoco nos quedamos atrás: el solsticio fue percibido ante todo como un marcador sagrado de tiempo, estrechamente ligado a la agricultura, los ciclos de la vida y la relación con las deidades solares.
En Mesoamérica (mayas, mexicas/aztecas y otros pueblos), los solsticios se observaban con gran precisión mediante templos y observatorios alineados al amanecer o atardecer de esos días. Servían para ajustar calendarios agrícolas, programar siembras y cosechas, y fijar festividades religiosas dedicadas al renacimiento o la fuerza máxima del Sol.
En los Andes, los incas y otros pueblos vinculaban los solsticios con festividades como el Inti Raymi y ceremonias de agradecimiento y petición al Sol, visto como fuente de orden cósmico y fertilidad de la tierra.
En muchas naciones originarias de Norteamérica, el solsticio se vivía como un tiempo de ceremonias comunitarias, danzas y ofrendas que reforzaban la conexión espiritual con los ciclos naturales.
El origen conceptual proviene de observaciones realizadas en varias civilizaciones antiguas que naturalmente miraban hacia el naciente y al poniente con venerada admiración y respeto, sin siquiera saber que el planeta desde donde observaban viajaba a 30 km/s.
Hoy tampoco nosotros podemos dimensionar esta velocidad del sistema. Menos aún la de la galaxia, que viaja a 600 a km/s. para no ir más lejos.
Pongamos los pies sobre la tierra
Nuestra estrella es el principal factor de existencia planetaria y de todos los procesos que suceden en ella hoy. Después de miles de millones de años o ciclos, como mejor se describa esto en el lenguaje y soporte con el que te comunicas.
Pues en realidad, si se apaga la luz, se cae el sistema; esto aplica hoy mucho más que antes.
Se cae la luz y chau. Y si esta retorna de repente y el pico es muy alto, chau… chau… ¡chauuu!
El Sol es el que mantiene prendido el sistema y a veces tiene sus “tormentas” o envía energía más allá de la que el sistema y nosotros estamos en condiciones de recibir.
Los árboles “recuerdan” en sus anillos una gigantesca tormenta solar de la Edad de Hielo, hace más de 14 mil años, y que hoy sería devastadora. Eclipsando las tormentas solares modernas, el evento devastaría la tecnología si volviera a ocurrir hoy, haciendo colapsar todo. De hecho, una tormenta solar poderosa nos llevaría a la Edad de Piedra a la velocidad de la luz, literalmente.
Una gran eyección del Sol podría desencadenar fallos tecnológicos y cortes masivos de electricidad.
Se nos vendría la noche en pleno día.
Como ejemplo, nos permitimos citar el reciente ciclo de tormentas solares de 2024 y 2025, en el que una tormenta recientemente dejó fuera de vuelo a 6.000 aviones Airbus A320 tras detectarse un fallo crítico de software. Una anomalía vinculada a la radiación solar afectó el sistema de control de vuelo de un avión de la empresa JetBlue, obligando a su inmovilización temporal en numerosos países.
Tratando de ver la luz
La NASA utiliza una IA innovadora para predecir tormentas solares, revelando que la orientación de la eyección solar y las condiciones del viento solar juegan un papel clave. Además, avances en inteligencia artificial y observaciones espaciales prometen mejorar las alertas ante futuras tormentas que amenazan nuestras tecnologías.
Estamos aproximando nuestros telescopios y satélites para obtener imágenes nítidas nunca antes obtenidas. Esto nos permite entender mejor, pero no totalmente, los procesos que nos rigen.
Toda esta observación se construyó en los diferentes continentes, a lo largo de siglos que sumaron milenios y que se venían dando mucho tiempo antes de las construcciones que levantamos para observar cómo se deslizaba por el horizonte nuestra Luna y el Sol en una incipiente cosmovisión.
Que al igual que en nuestro presente sucedía en periodos que coincidían con grandes cambios climáticos, los cuales terminaban siendo vitales y obligando a migrar, resetear o sucumbir en el intento.
Detener las agujas
Hoy nos aprestamos a ingresar en un solsticio 2025-2026 totalmente novedoso, del cual tratamos de revisar con nuevos instrumentos y tecnologías, procurando ofrecer pronósticos que luego el tiempo se ocupa de aprobar o desaprobar.
Hoy estamos básicamente frente al mismo dilema, pero no es el único cambio: hay otros que en conjunto interactúan y terminan actuando, orquestando a veces en forma sincronizada o desencadenada por efectos dominó que no están en nuestras previsiones, como suele suceder con las bacterias, insectos, incendios, tormentas o erupciones volcánicas que impactan en la atmósfera y en la meteorología, afectando también cultivos y centros urbanos cada vez más densamente poblados.
Interpretar hoy esta nueva estación en la que ingresamos implica estar debidamente informado en tiempo real, algo que nos dicen estas dos palabras, pero que adquieren un significado aún mayor.
Aquellos de nosotros que estamos interesados en estos procesos los observamos lo más detenidamente posible para tratar de extraer conclusiones que nos permitan anticipar acciones que están fuera de nuestra órbita y que son producto, ni más ni menos, de un sistema planetario dinámico y multisisémico.
Cada 11 años, aproximadamente, tanto el año 2024 como el 2025 fueron años de tormentas solares; parte de lo que tenemos que transitar en este 2026 responde también a los efectos de estas tormentas. Algo similar a lo que sucede con las lluvias estancadas que inundaron distintas regiones, más de 5.000.000 de hectáreas en Argentina, o como en Rio Grande do Sul cuando en 2024 las precipitaciones superaron los 800 mm, al igual que la DANA de Valencia.
Otro fenómeno de estancamiento son los domos de calor que siguen un protocolo similar al de las tormentas: se estacionan en una zona o región, pasan a la acción. Como sucedió en Brasil en el verano pasado, donde se superaron los 51 °C.
Estos datos son producto del proceso con el que trabaja la inteligencia natural que maneja el Sol, el planeta y la Luna, y en el que estamos inmersos, sin contar con alguna central a la que llevar nuestros reclamos.
Estamos interactuando con un sistema al que desde hace muy poco tiempo hemos podido aproximarnos para extraer conclusiones de un modo todavía primitivo, como cuando descubrimos el fuego.
Los Aborígenes Australianos, junto con los Isleños del Estrecho de Torres, constituyendo la cultura viva más antigua del mundo con más de 65,000 años, conocidos por su profunda conexión espiritual con la tierra, el “Tiempo del Sueño”, el arte rupestre, el didgeridoo y un complejo sistema de leyes orales y conocimientos astronómicos.
Notas relacionadas
Hay una diferencia entre tiempo y clima.
El tiempo cambia constantemente y es inmediato.
El clima es el patrón a largo plazo y más estable.
De acuerdo a los registros del SMN, los veranos en el país, están tendiendo a ser cada vez más cálidos.
En 2023 se registraron diez olas de calor, cuando lo normal es atravesar entre cuatro o cinco siendo el año más caluroso del que se tienen registros y el más seco de los últimos 30 años en la Argentina.