Ver o No Ver
Cuando pensamos, lo hacemos con imágenes y no con palabras; cuando dormimos, también soñamos con imágenes, y en ese mundo onírico todo se vive con la misma o mayor intensidad que en la vigilia.
Algunas de esas imágenes están almacenadas desde nuestra primera infancia e incluso, como las que atesoramos hasta el presente, tanto de día como de noche cuando dormimos, acuden a nuestras vivencias y recuerdos para transformarse en metáforas e incluso relatos surrealistas.
Son los ojos los que registran y nos abren la puerta del entendimiento del mundo, o del medio ambiente que nos rodea, para luego recrearlo con el arte o la ciencia.
La mirada es el portal de ingreso a todo lo que podemos observar de los mundos que nos rodean, incluso del universo. Al que cada vez observamos con mayor profundidad y detalle, y es gracias a esto que podemos asignar la real importancia y el lugar que ocupamos en función de todo lo que nos rodea.
Nada de esto sucedería sin nuestros ojos. Ellos forman parte fundamental de la creación del cuerpo humano: nos permitieron seguir las huellas de los animales que se transformarían en nuestros alimentos, también fueron delineando los caminos que tuvimos que transitar en las perpetuas migraciones realizadas a lo largo de nuestra presencia en el planeta. Gracias a los ojos pudimos establecer puntos de referencia en el cielo, comprender el movimiento y la ubicación de las estrellas, el tiempo y el clima.
Esto nos permitió dar el gran paso para navegar las grandes superficies oceánicas y atravesar heroicamente mundos tan distintos como el terráqueo y el acuático, que no nos es tan ajeno si pensamos que nuestro cuerpo está constituido por un 70% de agua y en nuestros ojos esa proporción aumenta hasta el 90-95%.
Ahora también miramos la posibilidad de salir al resto del sistema planetario, a un lugar donde no abunda el agua.
Los ojos los que se proyectan para crear diferentes artes que perpetúan el relato de la especie: visiones que capturan cada detalle de nuestros comportamientos, tanto emocionales como “racionales”, para así contar y compartir todo lo que nos sucede, desde la fiesta de cumpleaños, el encuentro con los amigos o los seres amados que quedan instantáneamente retratados en nuestros dispositivos fotográficos o cinematográficos, o en el lienzo de un cuadro.
La emoción también se escribe en un poema, en un cuento o en una gran historia que atraviesa el tiempo —5000 años— para terminar retratada en una película fielmente recreada.
¿Qué sería de nosotros sin la capacidad de tener esta mirada?
Las imágenes se registran e imprimen en nuestra memoria y así permanecen vivas, para que en algún momento despierten sin ser convocadas y nos sorprendan en el sueño o la vigilia, cuando en un encuentro casual aparece esa persona tan amada que el tiempo nos había distanciado.
Son los ojos los que activan y capturan todo lo que sucede en fracciones milimétricas de distancia, forma, color y, sobre todo, los que nos abren las puertas de estas dos grandes actividades que nos retroalimentan para hacer que el pensamiento emocional y racional se active a la velocidad de la luz, sorprendiéndonos de cómo se corporizan, de cómo irrumpen las imágenes sin ser convocadas.
Pues todo lo que hemos visto desde que abrimos por primera vez los ojos queda registrado a la velocidad de la luz; es decir, que estamos sincronizados para leer a 300 000 km/s. Y esa velocidad, que parece inalcanzable, aumenta aún más para llegar al cerebro, que es el lugar que las procesa y almacena en un espacio inagotable del que nada sabemos.
Sin los ojos, el arte y la ciencia transitarían el desierto de la ignorancia, haciéndonos tropezar con todas las piedras que el destino pondría a nuestro paso.
Es imposible asignarle un valor a la mirada.
¿Cómo vemos y procesamos todo esto que inesperadamente vive y activa en un presente, un pasado y un futuro?
Todo esta cultura que estamos moldeando e imaginando, actuando a veces por impulso de la intuición o de la acción sin saber mínimamente a qué consecuencias nos arrastran nuestros actos, que al poco tiempo se nos presentan para reclamarnos que re-veamos y corrijamos antiguas miradas?
Mirar al Ojo
El ojo humano es un órgano sensorial extraordinario que combina precisión óptica, adaptabilidad y capacidad de procesamiento para captar y analizar el entorno visual con gran detalle.
Su resolución y agudeza se encuentran en la fóvea central de la retina, que concentra unos 7 millones de conos, permitiendo distinguir dos puntos luminosos separados por solo 1 milímetro a 10 metros de distancia.
Esta agudeza visual superior alcanza hasta 20/20 en condiciones óptimas, cambiando hasta 15 dioptrías para enfocar objetos cercanos o lejanos en tiempos que superan la velocidad de la luz, percibiendo hasta 10 millones de colores distintos en el espectro visible, lo que permite diferenciar matices sutiles —como tonos similares en la naturaleza y volumetrías— con una sensibilidad que varía según la iluminación.
La movilidad y el rastreo no se quedan atrás: seis músculos extraoculares mueven cada ojo con precisión extrema, cubriendo 100 000 puntos distintos en el campo visual y rastreando objetos en movimiento a velocidades de hasta 900 grados por segundo. La binocularidad fusiona imágenes de ambos ojos para generar profundidad y visión estereoscópica, que permite activar reacciones reflejas en el cerebro y sorprender hasta al más entrenado.
Hay Otros Ojos que Miran Lejos
El ojo del águila destaca por su superioridad en agudeza, campo visual y percepción cromática respecto al ojo humano, adaptado evolutivamente para la caza aérea a grandes alturas. Las águilas logran una visión de 20/5 o 20/4, permitiendo detectar detalles hasta 4-8 veces más lejos que un humano con visión 20/20, gracias a una mayor densidad de conos en la retina y una fóvea más profunda.
Sus ojos ocupan el 50% del cráneo (versus 5% en humanos), con un bulbo ocular más grande y plano que proyecta imágenes nítidas a larga distancia.
Poseen cuatro tipos de conos (los humanos tienen tres), percibiendo colores más vívidos, matices adicionales y luz ultravioleta para rastrear presas por orina fluorescente. Esto amplía su espectro visual a cerca de 100 millones de tonos, superando los 10 millones humanos.
Ofrecen un campo de 340 grados (versus 180-200 en humanos), con ojos inclinados 30 grados para visión panorámica y estereoscópica precisa en picadas. Combinan dos fórveas por ojo: una central para enfoque frontal y otra temporal para rastreo lateral.
Esta optimización hace del ojo de águila un sistema biológico insuperable para visión dinámica en entornos aéreos localizando presas pequeñas a 3000-5000 metros de altitud.
A Muchos nos Gusta Salir de Noche
Los animales con mayor capacidad de visión nocturna destacan por adaptaciones como el tapetum lucidum y una alta densidad de bastones retinianos, superando ampliamente al ojo humano en condiciones de escasa luz.
Entre los de visión más potente diurna, las rapaces lideran por su agudeza extrema. Estas diferencias evolutivas reflejan nichos ecológicos específicos.
Los búhos poseen hasta 100 veces más sensibilidad lumínica que los humanos, gracias a un tapetum reflectante y ojos tubulares que concentran luz, detectando movimientos en oscuridad casi total.
Debajo del Agua la Vida se Mira de Otra Manera
Los ojos de peces y mamíferos marinos presentan adaptaciones únicas al medio acuático, priorizando visión panorámica, sensibilidad a baja luz y percepción en profundidad limitada, en contraste con la agudeza focal del ojo humano.
Los peces poseen cristalinos esféricos de alto poder refractivo que se desplazan hacia adelante o atrás para enfocar, alcanzando un campo visual casi de 360° gracias a ojos laterales, aunque sacrifican visión binocular para detectar depredadores por arriba y abajo.
Muchos muestran visión cromática con múltiples conos (hasta 12 pigmentos en algunos), sensibilidad al ultravioleta y polarización, y retinas con bastones abundantes para visión escotópica en profundidades, siendo generalmente miopes con enfoque máximo a 15 metros.
Especies como el pez cuatro ojos (Anableps) tienen ojos divididos horizontalmente, con pupilas dobles adaptadas simultáneamente al agua y aire, mientras peces de superficie como el pez volador ajustan córneas triangulares para visión aérea. Peces de profundidad presentan ojos grandes con pupilas anchas y alta rodopsina, a veces reducidos o ausentes en formas extremas.
Las focas, delfines y ballenas tienen córneas aplanadas y cristalinos esféricos para corregir refracción en agua, con tapetum lucidum reflectante que amplifica luz hasta 10 veces, mejorando visión nocturna. Su visión es monocromática o dicromática (azul-verde), con campos frontales amplios para ecolocalización complementaria, y párpados nictitantes para protección subacuática.
El Día y la Noche
Los humanos, junto a los animales con capacidades de visión, ostentan una capacidad extra y fundamental para la supervivencia. Si bien en el águila sus ojos ocupan el 50% del cráneo (versus 5% en humanos), la diferencia radica en el gran poder de procesamiento cerebral y emocional de los humanos.
Además de las capacidades ópticas nacen las conclusiones, acciones y comportamientos.
Pero hay otra manera de vernos, y es con la mirada interna. Con ella los humanos llegamos a conclusiones y puntos asociativos que recién empiezan a desarrollarse.
Vivimos sin saberlo en el principio de una era del desarrollo de nuestra capacidad de comprensión, la cual marcha muy adelante de cualquier proyecto que podamos corporizar y al que le asignamos importancias superlativas, pues en nosotros habita una mirada interior de una profundidad que recién estamos empezando a transitar.
Somos seres que nos podemos mirar en perspectiva.
La Mirada es el Lenguaje del Corazón
Shakespeare