Pescando en el Desierto
Los antiguos habitantes de la costa de Atacama no solo cazaban; también desarrollaron tecnologías especializadas para la pesca y la explotación de los recursos marinos hace miles de años.
Los anzuelos se fabricaban con espinas de cactus, hueso y conchas marinas. Algunos conjuntos arqueológicos documentan anzuelos especializados desde hace aproximadamente 9.000 a 11.000 años, según el sitio y la datación utilizada.
La presencia humana en el desierto de Atacama se remonta al menos a 13.000 años antes del presente. Sus primeros habitantes fueron grupos de cazadores-recolectores que aprovecharon un paisaje muy diferente del actual, con sectores más húmedos y una mayor disponibilidad de recursos. A lo largo de milenios, las comunidades desarrollaron diversas formas de adaptación a uno de los ambientes más extremos de la Tierra.
Hace unos 12.800–11.700 años: el sitio arqueológico Quebrada Maní 12, en el norte de Atacama, aporta evidencias de ocupación humana durante el Pleistoceno tardío.
Hace unos 10.000 años y después: las comunidades fueron desarrollando formas de ocupación más estables en ciertos sectores, aunque la aridez y los cambios ambientales provocaron períodos de abandono y desplazamiento.
Arpones y puntas
Se utilizaron para capturar peces y mamíferos marinos. Algunos estaban confeccionados con madera y piezas de hueso o piedra. Su presencia demuestra conocimientos técnicos adaptados a distintas presas y condiciones de pesca.
Pesas, redes y fibras vegetales
Se han documentado pesas para aparejos, fibras trabajadas y posibles elementos de redes. Estos materiales permiten reconstruir técnicas de pesca más complejas, aunque no todos aparecen en los mismos sitios ni corresponden a idénticas épocas.
Un caso especialmente notable es el sitio de Zapatero, en la costa del norte de Chile. Las investigaciones identificaron evidencias de explotación de grandes peces pelágicos —entre ellos peces espada— entre hace aproximadamente 7.400 y 5.900 años calibrados antes del presente. Capturar ejemplares de ese tamaño habría requerido un conocimiento considerable del mar y de las técnicas de navegación o pesca.
Por otra parte, el sitio de Quebrada de Maní 12, situado en el interior hiperárido, conserva conchas marinas trabajadas de hace aproximadamente 12.800 a 11.700 años.
Esto evidencia una conexión temprana con la costa, aunque no demuestra por sí solo que sus habitantes practicaran la pesca en ese lugar, los objetos de pesca especializados se encuentran sobre todo en los asentamientos costeros, mientras que los hallazgos del interior permiten estudiar las conexiones entre los grupos humanos y los recursos del litoral.
En definitiva, el registro arqueológico muestra que el océano Pacífico fue una fuente esencial de alimento y conocimiento para las antiguas comunidades costeras de Atacama. Mucho antes de la aparición de las culturas históricas que conocemos por su nombre, ya existían sociedades con una notable capacidad para aprovechar los recursos del mar.
Hay que distinguir, eso sí, entre los hallazgos de la costa y los de los sectores interiores del desierto.
Estos pueblos desarrollaron culturas adaptadas a las extremas condiciones del entorno.
Los atacameños fueron los más prominentes en el área central del desierto, pero otros pueblos como los diaguitas, los aymaras, los quechuas y los chinchorros también tuvieron una presencia significativa, tanto como sociedades autónomas como a través de su relación con el Imperio Inca.
Las interacciones entre estos pueblos, a través del comercio, la guerra y la influencia cultural, dieron forma a la rica historia precolombina de la región de Atacama.
Los Atacameños: 11.000 Años en el Desierto
Los Lickanantay, también conocidos como atacameños, constituyen uno de los pueblos indígenas más antiguos de Sudamérica. Han habitado principalmente el desierto de Atacama —una de las regiones más áridas del planeta—, lo que los obligó a desarrollar un modo de vida finamente adaptado a este ambiente extremo. Su presencia continua se remonta al menos a 10.000–12.000 años en oasis y quebradas como las del río Loa y el salar de Atacama, donde perfeccionaron sistemas de agricultura, pastoreo y complejas ceremonias cosmológicas.
Desarrollaron una civilización en equilibrio con el cosmos: construyeron chullpas (monumentos funerarios), dejaron miles de pictografías en roca y levantaron santuarios en cumbres para ofrecer tributos a los apus, los espíritus de los cerros.
Practican agricultura en los oasis, mantienen tradiciones musicales y una fuerte solidaridad comunitaria; durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, revitalizaron el uso de semillas ancestrales para asegurar su alimentación.
Hoy enfrentan amenazas crecientes por la minería y el turismo masivo, que presionan las fuentes de agua y su territorio, al que resisten ver convertido en una “zona de sacrificio”.
Historia, Organización y Cosmovisión
Las interacciones entre estos pueblos, a través del comercio, la guerra y la influencia cultural, dieron forma a la rica historia precolombina de la región de Atacama, en el siglo XV, el territorio fue incorporado al Tawantinsuyo bajo el gobierno de Túpac Inka Yupanqui.
Los españoles llegaron en 1536 y consolidaron su dominio en 1556.
1536 — Primera incursión: la expedición de Diego de Almagro llegó a la región durante su regreso hacia Perú. Los habitantes locales resistieron y defendieron sus recursos. Las crónicas describen enfrentamientos y dificultades de los españoles para conseguir alimentos.
1540 —Francisco de Aguirre encabezó las fuerzas que atacaron el pucará o fortaleza de Quitor. Los defensores utilizaron el terreno elevado y las fortificaciones para resistir el avance español. Finalmente, los conquistadores tomaron la fortaleza.
El comandante directamente responsable de la toma de la Fortaleza de Quitor, en junio de 1540, fue Francisco de Aguirre, capitán de la expedición de Pedro de Valdivia.
Las fuentes históricas sitúan la pacificación y los acuerdos que consolidaron el control colonial hacia 1556-1557, después de nuevas resistencias. Las fechas difieren según las fuentes y los acontecimientos que cada una considera decisivos. Durante las décadas siguientes se produjeron nuevas insurrecciones y enfrentamientos.
La consolidación del dominio español fue gradual y encontró una oposición persistente.
La fortaleza era mucho más que una construcción defensiva: constituía un espacio estratégico desde el cual las comunidades podían proteger a su población, sus reservas alimentarias y el acceso a un territorio de recursos escasos.
El castellano fue desplazando progresivamente al kunza, también llamado atacameño, mediante un proceso histórico de presión social, religiosa y administrativa. Su uso habitual llegó a desaparecer, aunque se conservaron palabras, conocimientos y esfuerzos de recuperación lingüística.
Sin embargo, el pueblo Lickanantay no desapareció. Sus comunidades, su identidad colectiva, sus conocimientos del desierto y sus vínculos territoriales han persistido, pese a siglos de transformaciones y dominación.
La caída de Quitor representó una victoria militar española, pero la conquista cultural y política del territorio fue un proceso prolongado, conflictivo y nunca equivalente a la desaparición de su pueblo originario.
Ya en el siglo XVIII, líderes como Tomás Paniri encabezaron revueltas indígenas.
Tras la independencia, la región pasó primero a Bolivia en 1824 y luego a Chile en 1883.
Derrota militar, pero no sometimiento inmediato
La organización social atacameña fue de carácter tribal, estructurada en comunidades basadas en linajes familiares.
El líder o kallanka cumplía un rol central como mediador en conflictos, organizador de los recursos y protector del grupo.
El sistema se sostenía en el intercambio y en la agricultura en los valles, donde cultivaban maíz, quinua, papas y otros tubérculos. Para enfrentar la escasez de agua desarrollaron sofisticadas técnicas de riego, como redes de acequias y canales.
La economía era mixta: combinaba la agricultura con la ganadería de camélidos —llamas y alpacas— que aportaban carne, lana y cuero. El comercio con pueblos vecinos, como diaguitas y collas, resultaba esencial para obtener bienes ausentes en el territorio propio.
En el plano espiritual, los atacameños practicaban una religión de raíz animista y política, en la que se veneraba a los espíritus de la naturaleza, a los ancestros y a los cerros sagrados.
Una montaña de significado ceremonial
Una investigación arqueológica publicada en Latin American Antiquity presenta evidencias de antiguas peregrinaciones andinas a la montaña que se remontan a unos 3.300 años. Un testimonio histórico señala que, en 1879, los atacameños o Lickanantay realizaban procesiones anuales al Licancabur. El estudio propone que estas prácticas continuaron hasta fines del siglo XIX, aunque reconoce que hoy no se han encontrado registros ni memorias orales locales que permitan reconstruirlas por completo.
Su cosmovisión estaba íntimamente ligada al entorno: montañas, ríos y estrellas ocupaban un lugar central en la mitología y en los rituales. Entre las ceremonias más llamativas se encuentra la de las “nieblas” o “lluvias”, en la que se ofrecían ofrendas a las deidades para asegurar buenas cosechas.
Hoy se estima que existen unos 21.000 Lickanantay, que mantienen ayllus (comunidades) y prácticas ancestrales pese a las presiones coloniales históricas y a los desafíos contemporáneos.
Aldea de Tulor
La Aldea de Tulor se remonta aproximadamente a 2.400 años atrás, con sus primeros asentamientos hacia el 400 a. C. Las dataciones arqueológicas sitúan la ocupación principal de Tulor 1 entre aproximadamente 400 a. C. y los primeros siglos de nuestra era, aunque algunas investigaciones proponen una utilización posterior del lugar como espacio funerario.
Tulor no marca el comienzo de la presencia humana en Atacama, sino un capítulo posterior y fundamental: el desarrollo de comunidades agrícolas más estables en los oasis del desierto en el marco de una etapa de vida aldeana sedentaria, vinculada con la agricultura, la recolección, la elaboración de cerámica y los intercambios con otras regiones andinas.
Sus construcciones de barro, con recintos circulares conectados entre sí, quedaron parcialmente sepultadas por la arena.
Es uno de los sitios arqueológicos sedentarios más antiguos del norte de Chile, situado a unos 7,7 km al suroeste de San Pedro de Atacama, entre la emblemática Cordillera de la Sal y las dunas de arena que evidencian la progresiva desecación de este entorno.
Los primeros restos fueron encontrados en 1956 por el padre jesuita Gustavo Le Paige. Las excavaciones continuaron en 1980 por parte de la arqueóloga Ana María Barón.
Ubicada entre el aillu de Tulor y el de Coyo, la Aldea está compuesta por una serie de estructuras circulares interconectadas entre sí y que poseían diversos usos y funciones de acuerdo a las actividades cotidianas que se desarrollaban en su interior.
Su arquitectura comparte muchas similitudes con la observada entre las culturas precolombinas de los Andes: Centro-Sur: Bolivia (Wankarani), Valles Occidentales (Guatacondo, Caserones) y Noreste Argentino (Potrero Grande, Campo Colorado).
En esta aldea se produce la consolidación de un nuevo modo de vida más productor que depredador de los recursos naturales del entorno, lo que se complementa a una milenaria tradición de pastoralismo.
Las aguas del río San Pedro, que en esa época desaguaban naturalmente en las inmediaciones del sitio, permitieron el desarrollo de las prácticas agrícolas, lo que deriva en una vida más sedentaria y en la transformación social de la comunidad que habitó en este conglomerado habitacional, surgiendo como consecuencia de ello la estratificación del grupo social.
El intenso comercio e intercambio de productos llevado a cabo por habitantes de Tulor se grafica claramente en los desechos arqueológicos que son posibles de observar hoy en día: gran cantidad de cuentas hechas en conchas del Pacífico, cerámicas intrusivas (estilo Vaquerías) y otros bienes culturales que reflejan el alto grado de movilidad articulado por estas poblaciones y su importante rol de intermediadores entre las culturas del sector (Área Centro-Sur Andina).
Es por esto que esta aldea, durante el inicio de la era cristiana, debió haberse constituido en un importante puerto de tráfico e intercambio de bienes que a través del Caravaneo de Llamas permitía integrar un amplio territorio (Altiplano, Puna, Desierto de Atacama y Costa), hoy enclavado en las cercanías del depósito salino más grande del de Chile: El Salar de Atacama.
Los materiales arqueológicos recuperados en este sitio dan cuenta del significativo intercambio cultural, explicado en torno a las estrategias económicas articuladas por estas poblaciones precolombinas y se expresan en diversos soportes materiales como la arcilla, la madera, el hueso, el cuero y los textiles.
La cerámica presente en el sitio habitacional se vincula a prácticas cotidianas de preparación de alimentos y transporte de líquidos destacando principalmente los tipos grises pulidos gruesos o alisados.
También se encuentran los fragmentos de los clásicos ejemplares definidos como negro pulidos y que permiten conjeturar la ocupación del sitio hasta el siglo V d. C. momento en el cual irrumpen las influencias culturales del Estado de Tiwanaku proveniente del Lago Titikaka (actual Bolivia), que aún no han sido detectados en Tulor.
La Aldea de Tulor, y los sitios arqueológicos que la componen, están siendo testigos de los efectos acumulativos de los cambios climáticos que se han desarrollado durante estos últimos dos mil años.
El avance de la duna de arena que a ritmo silencioso, pero no menos efectivo, conjugado con los efectos de la lluvia y el viento, han constituido los factores responsables del actual estado de conservación del sitio, a los que se suman los causados por la presencia humana.
En 2005, el programa World Monuments Watch declaró a la aldea como uno de los 100 sitios arqueológicos más amenazados del mundo.
Hoy en día, la Aldea de Tulor constituye la primera experiencia en Chile de traspaso y manejo de un bien patrimonial cultural a una organización indígena, que a lo largo de los años ha dado claros signos de confiabilidad y auto sustentabilidad, proceso que ha sido reconocido públicamente por el Estado de Chile, durante el año 2002, al concederle a la comunidad Atacameña de Coyo el Premio a la Conservación de los Monumentos Nacionales.
Estas construcciones son un excelente ejemplo de la capacidad de los atacameños para adaptarse y sobrevivir en un ambiente extremadamente difícil.
Su diseño arquitectónico y su ubicación en el desierto de Atacama reflejan tanto sus habilidades de ingeniería como su relación con la tierra y sus creencias espirituales.
Los atacameños, como muchas otras culturas precolombinas de Sudamérica, lograron construir una sociedad organizada, compleja y resiliente, que perduró durante siglos antes del impacto de las invasiones externas.