Los Desiertos Ganan Terreno
En el planeta, los desiertos cumplen un papel mucho más importante de lo que solemos imaginar y, sin embargo, todavía sabemos poco de ellos.
Donde hoy vemos mares de arena, alguna vez hubo otros paisajes que hoy reconocemos en otras latitudes. En esta nota sobrevolaremos el Sáhara, la Patagonia y el desierto de Atacama. Si sumamos las superficies aproximadas del Sáhara (9,2 millones de km², promedio entre los 8,6 y 9,4 millones reportados), la estepa patagónica (673.000 km²) y el desierto de Atacama (105.000 km²), obtenemos un total cercano a los 10 millones de km².
Esa cifra representa unos 10 millones de km² de territorios áridos extremos, más del doble de la superficie de Brasil. La comparación ayuda a dimensionar la vastedad de estos ecosistemas y su peso en la dinámica meteorológica y geológica del planeta.
Los diez desiertos más grandes del mundo, considerando tanto los fríos como los cálidos, son aproximadamente: la Antártida (desierto antártico, el más grande del planeta), el Ártico, el Sáhara, el desierto Arábigo, el desierto de Gobi, el desierto Patagónico, el Gran Desierto de Victoria, el desierto del Kalahari, el desierto de la Gran Cuenca (Great Basin) y el desierto Sirio o estepa siria-jordana.
Detrás de estos nombres propios se esconde un entramado de climas extremos, rutas de polvo, migraciones de fauna y culturas que aprendieron a habitar lo que, a simple vista, parece desolación.
Sáhara Arena, Viento y Memoria Verde
El Sáhara no siempre fue un desierto. Durante el llamado Período Húmedo Africano (African Humid Period, AHP) la región fue una sabana verde, con lagos y ríos, entre hace unos 11.000 y 5.500 años. La transición hacia el desierto actual comenzó hace aproximadamente entre 5.500 y 5.000 años (alrededor del 3.500-3.000 a. C.), cuando ese periodo húmedo llegó a su fin.
El cambio estuvo impulsado por una disminución de la insolación estival en el hemisferio norte, ligada a los ciclos orbitales de la Tierra. Al debilitarse los monzones, las lluvias se retiraron y la vegetación colapsó.
Entre los factores clave se cuentan:
El retroceso del monzón: hacia el 2.500 a. C., el cinturón monzónico se desplazó hacia el sur y secó el Sáhara central y septentrional en cuestión de siglos, con ritmos distintos según la región.
Las retroalimentaciones superficie–atmósfera: la pérdida de vegetación incrementó el albedo —la reflexión de la radiación solar— y aceleró la desertificación. Algunos estudios señalan, además, una posible influencia humana temprana a través del pastoreo y el uso del fuego.
La propia variabilidad espacial: el proceso fue abrupto en ciertas zonas (uno o dos siglos) y más gradual en otras, hasta consolidar el gran desierto que conocemos hoy.
Los ciclos orbitales de la Tierra, conocidos como ciclos de Milankovitch, regulan las oscilaciones del Sáhara entre fases húmedas —con sabanas y lagos— y fases áridas cada unos 21.000 años, mediante cambios en la precesión que alteran la distribución estacional de la radiación solar en el hemisferio norte.
La precesión es el “bamboleo” del eje terrestre, que completa un ciclo cada 21.000-26.000 años. En ciertas configuraciones intensifica los veranos boreales, refuerza los monzones africanos y favorece la expansión de la vegetación sahariana. Esos periodos húmedos, como el African Humid Period, se ven suprimidos durante las edades de hielo, cuando la insolación global es menor.
Otros componentes de estos ciclos son:
La oblicuidad, la variación de la inclinación del eje terrestre cada 41.000 años, que modula el contraste estacional y amplifica los efectos en latitudes medias como el Sáhara.
La excentricidad, el ciclo de unos 100.000 años que altera la forma de la órbita y se vincula a los grandes ritmos de glaciaciones y de desertificación.
El Sáhara actual se encuentra en una fase seca, pero los modelos orbitoclimáticos sugieren que podría reverdecer dentro de unos 13.000 años. La incógnita es hasta qué punto el cambio climático antropogénico puede alterar ese guion.
Con la Calima, el Sáhara Desembarca en América
Las tormentas de calima —cargas de polvo sahariano levantadas por vientos como el siroco— pueden alcanzar alturas típicas de 5 a 6 km en su capa principal de transporte. Las partículas más finas llegan incluso a 8-10 km, en niveles medios y altos de la atmósfera, donde son detectadas por satélites y sistemas LIDAR.
Sobre el Atlántico, estas nubes de polvo viajan a velocidades guiadas por los alisios y por la corriente en chorro subtropical: suelen avanzar a 30-60 km/h, lo suficiente para alcanzar las islas Canarias en uno o dos días y llegar al Caribe en alrededor de una semana. En los episodios más intensos se han registrado ráfagas superiores a los 80 km/h.
El impacto de la calima en el ecosistema es profundo. Al bloquear parte de la radiación solar enfría la superficie del océano, y sus nutrientes —en especial el fósforo y el hierro— fertilizan aguas lejanas y selvas como la amazónica. Es una prueba evidente de que los desiertos no son espacios aislados, sino engranajes clave en el sistema nutricional del planeta.
En La Patagonia Vive el Viento
El desierto Patagónico, también conocido como estepa patagónica, es el desierto más grande de América: abarca unos 673.000 km², principalmente en el sur de Argentina, con extensiones en zonas limítrofes de Chile.
Se extiende desde la cordillera de los Andes, al oeste, hasta el océano Atlántico, al este, cubriendo la Patagonia extraandina desde el centro de Mendoza hasta las proximidades de Tierra del Fuego. Es un desierto frío, de inviernos largos que pueden ocupar siete meses, con temperaturas medias cercanas a los 3 °C y máximas que pocas veces superan los 12 °C. La sombra de lluvia que proyectan los Andes bloquea la humedad del Pacífico, mientras que la corriente fría de Malvinas enfría el litoral atlántico.
La aridez patagónica se explica por la combinación de esa barrera orográfica con la influencia oceánica fría, que limita la evaporación y mantiene las precipitaciones por debajo de los 200 mm anuales en amplias zonas.
En este paisaje dominan pastos cortos, arbustos espinosos y turberas en las áreas más bajas. Los ríos son mayoritariamente alóctonos, alimentados por los deshielos andinos, y muchos se pierden en depresiones salinas. La fauna está representada por especies como guanacos, ñandús, choiques y zorros, adaptados a una estepa de grandes horizontes, salpicada por mesetas volcánicas y bosques petrificados como el de Jaramillo.
No existe una cifra única y precisa sobre cuánto avanza cada año el desierto Patagónico, porque los estudios se concentran en tasas de desertificación a escala nacional o regional.
A nivel de país, se estima que la desertificación afecta unas 650.000 hectáreas por año —unos 6.500 km²— distribuidas en quince provincias, entre ellas varias patagónicas como Río Negro, La Pampa y Mendoza. Entre las causas principales figuran el sobrepastoreo, los desmontes y ciertos eventos climáticos extremos.
En las provincias patagónicas, la desertificación severa supera el 30% de la superficie en algunas áreas. Allí se han medido tasas de erosión eólica e hídrica superiores a 30 m³/ha por año en zonas de transición, impulsadas históricamente por el sobrepastoreo ovino desde fines del siglo XIX. Estudios recientes muestran que, entre la década de 1980 y 2010, la desertificación se aceleró en casi un tercio del territorio patagónico, asociada tanto a la presión humana como a la variabilidad de las lluvias.
Atacama, la Madre de Todos los Desiertos
El desierto de Atacama se caracteriza por su gran altitud y por ser el desierto más antiguo de la Tierra. Los satélites lo señalan sistemáticamente como uno de los lugares del planeta con mayor irradiancia superficial. Es, además, uno de los sitios más soleados del mundo, casi tanto como nuestro vecino Venus.
Es una meseta desértica que cubre una franja de unos 1.600 km en la costa del Pacífico, al oeste de la cordillera de los Andes, y ocupa alrededor de 128.000 km² si se incluyen las áridas laderas bajas andinas. La parte más alta se encuentra en las montañas, con cumbres que superan los 6.000 metros sobre el nivel del mar, mientras que la altitud media del desierto oscila entre los 2.500 y los 3.500 metros.
Debido a su extrema aridez, se lo considera el desierto más seco del mundo y la segunda zona más árida del planeta después de los valles secos de McMurdo, en la Antártida. Ha experimentado condiciones de hiperaridez durante al menos 3 millones de años, lo que lo convierte en la región continuamente árida más antigua de la Tierra. La presencia de formaciones evaporíticas sugiere que, en algunas secciones del desierto de Atacama, las condiciones secas han persistido durante los últimos 200 millones de años, desde el Triásico.
La precipitación media ronda los 15 mm anuales, aunque en algunos lugares apenas caen entre 1 y 3 mm por año. Hay estaciones meteorológicas en Atacama que nunca han registrado lluvia. En el sector central, delimitado por las ciudades de Antofagasta, Calama y Copiapó, se han documentado periodos de hasta cuatro años sin precipitaciones. Algunos estudios indican que Atacama podría no haber recibido lluvias significativas entre 1570 y 1971.
Los Atacameños: 11.000 Años en el Desierto
Los Lickanantay, también conocidos como atacameños, constituyen uno de los pueblos indígenas más antiguos de Sudamérica. Han habitado principalmente el desierto de Atacama —una de las regiones más áridas del planeta—, lo que los obligó a desarrollar un modo de vida finamente adaptado a este ambiente extremo. Su presencia continua se remonta al menos a 10.000–12.000 años en oasis y quebradas como las del río Loa y el salar de Atacama, donde perfeccionaron sistemas de agricultura, pastoreo y complejas ceremonias cosmológicas.
Desarrollaron una civilización en equilibrio con el cosmos: construyeron chullpas (monumentos funerarios), dejaron miles de pictografías en roca y levantaron santuarios en cumbres para ofrecer tributos a los apus, los espíritus de los cerros. Practican agricultura en los oasis, mantienen tradiciones musicales y una fuerte solidaridad comunitaria; durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, revitalizaron el uso de semillas ancestrales para asegurar su alimentación. Hoy enfrentan amenazas crecientes por la minería y el turismo masivo, que presionan las fuentes de agua y su territorio, al que resisten ver convertido en una “zona de sacrificio”.
Historia, organización y cosmovisión
La ocupación humana en Atacama supera los 12.000 años. Más tarde, en el siglo XV, el territorio fue incorporado al Tawantinsuyo bajo el gobierno de Túpac Inka Yupanqui. Los españoles llegaron en 1536 y consolidaron su dominio en 1556. Ya en el siglo XVIII, líderes como Tomás Paniri encabezaron revueltas indígenas. Tras la independencia, la región pasó primero a Bolivia en 1824 y luego a Chile en 1883.
La organización social atacameña fue de carácter tribal, estructurada en comunidades basadas en linajes familiares. El líder o kallanka cumplía un rol central como mediador en conflictos, organizador de los recursos y protector del grupo. El sistema se sostenía en el intercambio y en la agricultura en los valles, donde cultivaban maíz, quinua, papas y otros tubérculos. Para enfrentar la escasez de agua desarrollaron sofisticadas técnicas de riego, como redes de acequias y canales.
La economía era mixta: combinaba la agricultura con la ganadería de camélidos —llamas y alpacas— que aportaban carne, lana y cuero. El comercio con pueblos vecinos, como diaguitas y collas, resultaba esencial para obtener bienes ausentes en el territorio propio.
En el plano espiritual, los atacameños practicaban una religión de raíz animista y política, en la que se veneraba a los espíritus de la naturaleza, a los ancestros y a los cerros sagrados. Su cosmovisión estaba íntimamente ligada al entorno: montañas, ríos y estrellas ocupaban un lugar central en la mitología y en los rituales. Entre las ceremonias más llamativas se encuentra la de las “nieblas” o “lluvias”, en la que se ofrecían ofrendas a las deidades para asegurar buenas cosechas.
Hoy se estima que existen unos 21.000 Lickanantay, que mantienen ayllus (comunidades) y prácticas ancestrales pese a las presiones coloniales históricas y a los desafíos contemporáneos.
Su resiliencia tiene raíz en Atacama: el desierto más antiguo y uno de los más duros del planeta es, al mismo tiempo, la fuente que sostiene su cultura.
Los desiertos no son espacios muertos.
Son territorios cambiantes, cargados de memoria —geológica, climática, cultural.
Son también hogares de comunidades resilientes, adaptadas a condiciones extremas, que han construido conocimientos, culturas y lenguajes propios.
Cuando pensamos en desiertos, no solo pensemos en arena: pensemos en historia, en ecosistemas, en vida.
En un planeta donde los climas cambian, conocer y comprender estos territorios puede enseñarnos mucho sobre fragilidad, resistencia y transformación.